top of page

La Belleza de Seguir Bateando: La Probabilidad Acumulada de Permanecer en el Juego. El arte de convertir resiliencia en estadística.


Creo que muchos crecimos con una idea muy romántica del éxito. Como si antes de que algo grande ocurriera, uno fuera a sentir una especie de certeza interna. Una señal. Una racha. Como si el universo, de alguna manera, avisara que “ahora sí viene lo bueno”.


Y la verdad es que la estadística es muchísimo menos poética que eso.


Existe un concepto económico llamado “hot hand fallacy”, o la falacia de la mano caliente.


Básicamente habla de esta idea de creer que, porque alguien viene acertando mucho, el siguiente intento automáticamente tiene más probabilidades de salir bien. Como ver a un jugador meter 10 tiros seguidos y pensar: “no hay forma de que falle el onceavo”.


Pero matemáticamente no funciona así.


El siguiente tiro no recuerda los anteriores.


Y curiosamente, hacemos exactamente lo contrario con el fracaso.





Fallamos algunas veces y de inmediato sentimos que algo anda mal.


Tres rechazos empiezan a parecer una tendencia.

Cinco intentos fallidos se sienten personales.

Una mala temporada termina convirtiéndose en identidad.


Como si una muestra pequeña pudiera resumir por completo quién es alguien.


Y creo que ahí está una de las confusiones más humanas que tenemos con el éxito: pensamos demasiado emocionalmente las probabilidades.


Porque aunque un intento individual no garantice absolutamente nada, aumentar la cantidad de intentos sí cambia radicalmente las probabilidades acumuladas de que algo ocurra. Y esa idea, aunque suene fría, me parece extrañamente esperanzadora.


Por eso siempre me obsesionó tanto Moneyball.


Porque en el fondo nunca fue una película sobre béisbol. Era una película sobre permanencia.



Sobre entender que, a veces, ganar no depende del batazo espectacular ni del talento casi mitológico de una estrella. A veces se trata de algo mucho menos glamuroso: seguir embasándose. Seguir apareciendo. Seguir teniendo turnos.


No salirte del juego.


Existe otro concepto psicológico que siempre me ha parecido fascinante: el efecto Dunning-Kruger.


Básicamente plantea que, cuando sabemos muy poco sobre algo, solemos sobreestimar muchísimo nuestras capacidades. Y conforme aprendemos más, ocurre algo curioso: empezamos a darnos cuenta de todo lo que no sabemos.


Por eso muchas veces la ignorancia se siente como certeza… y el verdadero aprendizaje se parece más a la duda.



Creo que también pasa con el fracaso y la resiliencia.


Al inicio solemos pensar que el éxito debería llegar rápido, casi como confirmación inmediata de talento. Pero mientras más entiendes cualquier disciplina —arte, negocios, deporte, escritura, cine, ventas— más evidente se vuelve lo caótico que realmente es el proceso.


Y quizá por eso la gente que más sabe suele hablar con más cautela:

porque entiende la cantidad absurda de variables, errores, timing, contexto y azar que existen detrás de cualquier resultado.


Este texto no intenta vender optimismo vacío ni frases de motivación. Lo que me interesa de todo esto es algo mucho más simple —y honestamente mucho más humano—: entender que muchas veces el éxito no pertenece necesariamente al más brillante, sino al que logra permanecer suficiente tiempo dentro del juego como para que las probabilidades finalmente empiecen a cambiar.


De niño, una de mis películas favoritas era Moneyball. Y sí, probablemente es una cosa rarísima para un niño. Mientras muchos estaban obsesionados con dinosaurios, caricaturas o superhéroes, a mí me fascinaba una película sobre estadísticas, béisbol y señores hablando en oficinas.



Mi mamá me la recomendó en una época muy específica. Yo tenía un juego extraño que, visto hacia atrás, quizá explica muchas cosas.


Me aventaba sobre la cama de mis papás y lanzaba una pelota contra la pared mientras me tiraba como portero para detenerla. Pero en mi cabeza no era sólo una pelota rebotando. Era un partido entero. Había narración. Había tensión. Había torneo. Había contexto.


Dependiendo del rival, del momento de la temporada o incluso del “estado anímico” que yo imaginaba para los jugadores, ciertos equipos recibían puntos invisibles que iban del -3 al +3. Y esos puntos cambiaban todo: la fuerza del disparo, la cantidad de intentos, la dificultad de las atajadas o la probabilidad imaginaria de que alguien fallara.


No era tan sofisticado como suena escrito así. No era un niño haciendo modelos matemáticos ni nada parecido. Era más bien un niño intentando darle lógica a las emociones del juego. Intentando entender por qué algunos equipos parecían imparables y otros se caían de repente. Por qué las rachas existían. Por qué la confianza cambiaba tanto las cosas.


Después me regalaron una revista de la Liga MX donde venían tablas, estadísticas y resultados del torneo anterior. Y me obsesioné.



Me sentaba en la computadora de mis papás a replicar todo eso en Excel, copiando posiciones y marcadores con una concentración absurdamente seria para alguien de esa edad. Al final de cada jornada hacía mi propio “Gol, Error y Figura”, como si trabajara en un programa deportivo de medianoche.


Y ahora que lo pienso, creo que por eso Moneyball me pegó tanto.


Porque en el fondo nunca se trató de béisbol.


Se trataba de esa obsesión tan humana por intentar encontrarle sentido al caos. De creer que, detrás de los errores, las rachas, los aciertos y los fracasos, quizá sí existen patrones. Aunque sea un poco.


Y tal vez crecer también consiste en eso:

seguir intentando entender el juego mientras ocurre.



Con el tiempo entendí algo rarísimo:


la resiliencia se parece más a una fórmula

que a una frase motivacional.


Porque en estadística,

una muestra pequeña casi siempre engaña.


- 3 rechazos no son una tendencia.

- 5 errores no son identidad.

- 10 intentos no son una carrera.


Y ahí es donde Moneyball cambió por completo la forma en la que veía el éxito.


La premisa del equipo era absurdamente simple:


Dejar de perseguir estrellas.


En vez de buscar:


- El batazo espectacular,

- El jugador “prodigio”,

- O el home run imposible,



Empezaron a buscar otra cosa:


Gente que simplemente lograra llegar a base.


Porque matemáticamente,

un jugador con buen OBP (On-Base Percentage)

aumentaba las probabilidades acumuladas del equipo.


No necesitaban magia.

Necesitaban permanencia.


No se trataba de:

“¿quién puede cambiar el juego en un momento?”


Sino de:


“¿quién puede mantenerse suficiente tiempo dentro del juego

para que la probabilidad eventualmente cambie?”



El concepto matemático detrás de todo esto es simple:


Probabilidad acumulada.


Un intento individual puede fallar.

Pero aumentar el número de intentos

modifica radicalmente las probabilidades totales.


Ejemplo:


Si tu probabilidad de cerrar una venta fuera del 3%…


- 1 intento ≠ “ya casi”

- 5 intentos ≠ “vas bien”

- 10 intentos ≠ “eres malo”


Porque estadísticamente,

el juego empieza a cambiar con volumen.


Y eso fue exactamente lo que entendió nuestro protagonista.



Billy Beane tenía uno de los presupuestos más bajos de toda la MLB.

No podía competir contra equipos llenos de superestrellas.


Entonces hicieron algo rarísimo:


Dejaron de buscar “jugadores mágicos”.


Y empezaron a buscar:


Jugadores que simplemente lograran llegar a base.


Porque en béisbol,

llegar a base = otra oportunidad viva.


El dato obsesivo era el OBP:

On-Base Percentage.


En 2002,

los Oakland A’s terminaron con un OBP de .339

y ganaron 103 partidos. (Baseball Reference)



Y aquí viene lo loco:


Un promedio de bateo de .300

convierte a un jugador en élite.


¿Sabes qué significa eso realmente?


Que falla

7 de cada 10 veces.


Y aun así:

es una estrella.


Porque el béisbol no premia la perfección.

Premia permanecer suficientes turnos al bate.



Moneyball entendió algo profundamente humano:


Conectar un solo home run espectacular

es menos sostenible

que mantenerse constantemente en circulación.


No necesitaban héroes.

Necesitaban gente que siguiera embasándose.


Y quizá la resiliencia funciona igual.


No como motivación infinita.

No como positivismo.


Sino como la capacidad estadística

de permanecer en el juego

el tiempo suficiente

para que las probabilidades cambien.



Supongo que también sería injusto cerrar este artículo hablando de probabilidad, resiliencia y perseverancia sin admitir algo:


la mayoría de las veces, sólo mostramos los hits.


Publicamos el proyecto que salió.

La oportunidad que sí respondió.

El texto que sí funcionó.

La foto del set.

La llamada que cambió algo.


Pero detrás de muchas de esas cosas hay cientos de correos pidiendo una oportunidad. Hay textos incompletos. Ideas abandonadas. Versiones horribles. Intentos mediocres. Errores financieros. Decisiones impulsivas. Conversaciones mal manejadas. Trabajos que salieron mal. Proyectos que jamás despegaron. Y sí, también momentos donde uno piensa genuinamente: “tal vez no soy tan bueno en esto”.



Detrás de cada texto terminado, probablemente tengo cien que nunca acabé.

Y detrás de cada cosa que hoy parece “un acierto”, hubo una cantidad ridícula de incertidumbre.


Si existiera una licencia para escribir, estoy seguro de que más de una vez me la habrían quitado.


Y creo que ahí es donde quería llegar desde el inicio:

esto no pretende vender la falsa idea de que “todo llega” o que el universo eventualmente acomoda las cosas. No puedo asegurar eso. Nadie puede.



La vida no funciona únicamente como una ecuación.


Las variables son demasiado caóticas:


  • Hay gente brillante que no recibe oportunidades.

  • Personas agotadas sobreviviendo de milagro.

  • Malas rachas económicas.

  • Duelos.

  • Deudas.

  • Errores.

  • Accidentes.

  • Mala suerte.

  • Mal timing.

  • Problemas familiares.

  • Ansiedad.


O simplemente…

la vida pasando.



Por eso, cuando veo a alguien en una mala situación, rara vez pienso en flojera, fracaso o incapacidad.


La mayoría de las veces sólo pienso:


it’s life happening.


Pero si hay algo que este artículo sí me hizo entender, es que aunque no podamos controlar todas las variables, sí existe una decisión que cambia por completo nuestras probabilidades:



Seguir en el juego.


  • Seguir mandando el correo.

  • Seguir escribiendo.

  • Seguir creando.

  • Seguir intentando.

  • Seguir bateando.


Porque aunque no exista garantía de éxito,

hay una certeza mucho más dura:


Los que dejan de batear,

ya no pueden conectar nada.


No dejes de batear.



 
 
 

Comentarios


bottom of page