Perfección v.s. Realidad: El arte de la violencia de querer ser extraordinarios.
- Mariano Zepeda

- 2 feb
- 6 Min. de lectura

Occidente, Oriente y las dos formas de entender la plenitud.
Hay una idea que muchos traemos tatuada sin darnos cuenta: si no eres extraordinario, algo estás haciendo mal. No basta con hacer las cosas bien, ni con disfrutarlas siquiera. Hay que destacar, sobresalir, llegar más lejos que los demás. Y si no, pues… a seguirle dando, ¿no? A empujarse un poco más. A exigirse otro round. A ver si ahora sí.
Platicando con amigos —de esas conversaciones que salen cuando ya llevas dos chelas y el ruido del bar empieza a diluirse— me he dado cuenta de que muchos estamos cansados, pero no sabemos exactamente de qué. No es solo trabajo. No es solo dinero. Es una sensación más rara: como si siempre estuviéramos llegando tarde a una vida que se supone que deberíamos estar viviendo mejor.

Hace poco volví a ver Whiplash y luego, casi como antídoto, Perfect Days. Y el contraste me pegó más de lo que esperaba. En una, el talento se mide en sangre, en gritos, en aguantar hasta romperte. En la otra, un tipo limpia baños públicos, escucha la misma música explicación tras explicación, se levanta temprano, riega sus plantas… y parece, de alguna forma inexplicable, en paz.
Y ahí fue donde algo hizo clic. No tanto sobre cine, sino sobre nosotros. Sobre cómo crecimos creyendo que la vida era una escalera —peldaño tras peldaño, meta tras meta— y cómo hay otros lugares del mundo donde la vida se parece más a un camino que se camina sin prisa, sin aplausos, sin necesidad de llegar a ningún lado espectacular.

Este texto no va de decir que una forma de vivir es mejor que otra. Va de preguntarnos, con honestidad, cuánto de lo que exigimos de nosotros viene realmente de un deseo propio… y cuánto es puro ruido aprendido. Va de hablar, sin poses, de esa obsesión por la perfección que a veces se siente más como violencia que como amor propio. Y de la posibilidad —mínima, pero real— de que tal vez no todo en la vida tenga que doler para valer.
I. El llamado: la promesa de ser alguien
Casi todos arrancamos igual. Nadie nos obligó, pero alguien nos convenció. La idea era simple y seductora: si eres suficientemente bueno, algo extraordinario te va a pasar. Que el esfuerzo siempre paga. Que el talento se premia. Que si no llegas, es porque no lo intentaste lo suficiente.
Ese es el llamado del héroe en versión occidental.

Películas como Whiplash, Black Swan, Rocky, The Pursuit of Happyness o The Social Network nos repiten la misma canción con distintos instrumentos: aguanta, insiste, sacrifica, destaca. El dolor es parte del proceso. El cansancio también. Dormir, amar, dudar… todo eso puede esperar.
Y ojo: no es que estas películas mientan. Muchas veces, efectivamente, el esfuerzo lleva a algo. El problema es el precio normalizado. Como dice Byung-Chul Han, no es una violencia que venga de fuera, sino una que uno mismo acepta y celebra.
En esta etapa, el héroe no duda. Corre. Compite. Se compara. Todavía cree que la cima va a justificarlo todo.

II. La grieta: cuando ganar ya no alcanza
Toda historia necesita un punto donde algo se rompe. No necesariamente una tragedia grande. A veces es más sutil: cansancio crónico, ansiedad, una sensación de vacío después de lograr justo lo que querías.
Aquí es donde muchas películas occidentales se ponen interesantes… porque el héroe ya llegó, pero no está bien.

Birdman, Foxcatcher, Nightcrawler, The Wolf of Wall Street o La La Land muestran personajes que alcanzan reconocimiento, poder o éxito, y aun así algo no encaja. La pregunta ya no es “¿cómo llego?”, sino “¿y ahora qué?”
Aquí entra muy bien Jonathan Haidt, que desde la psicología insiste en algo incómodo para esta narrativa: el bienestar humano no se sostiene solo con logros individuales, sino con vínculos, sentido y equilibrio.
Este es el desierto del viaje del héroe. El momento donde ya no basta con seguir empujando. Donde el cuerpo y la cabeza empiezan a pasar factura. Donde aparece, por primera vez, la sospecha de que quizá el mapa estaba mal dibujado.

III. El regreso: otra forma de entender la victoria
Y entonces pasa algo curioso. No en la vida real necesariamente, pero sí en el cine oriental (y en algunas películas occidentales que se atreven a bajarle el volumen): el héroe no conquista nada. No vence a nadie. No llega a la cima.
Simplemente aprende a estar.

Perfect Days, After Life, Tokyo Story, Drive My Car, Still Walking o incluso Paterson (de Jim Jarmusch, muy influido por esta sensibilidad) proponen otra lógica: la vida no como épica, sino como práctica diaria.
Aquí el héroe regresa con un “elixir” distinto: no una medalla, sino una forma de mirar. No aplausos, sino presencia. No éxito, sino sentido.
No es que estas historias nieguen el esfuerzo o la disciplina. Lo que niegan es la idea de que todo tenga que doler para valer. Que si no destacas, desapareces. Que solo la cima justifica el camino.

Tal vez por eso estas películas nos tocan tan hondo cuando ya estamos cansados. Porque no prometen grandeza, prometen algo más raro y más urgente: calma. Y en un mundo que nos enseñó a correr antes que a habitar, eso ya es una forma radical de heroísmo.
Tal vez el problema no es que queramos ser buenos en lo que hacemos. Ni siquiera que queramos destacar. El problema empieza cuando confundimos exigencia con maltrato, y disciplina con desgaste. Cuando el esfuerzo deja de ser una elección y se vuelve una deuda permanente con una idea de éxito que nunca termina de satisfacernos.

Crecimos creyendo que la vida era una carrera, que siempre había alguien delante y alguien detrás, y que detenerse era perder. Pero pocas veces nos dijeron que correr sin saber hacia dónde también cansa el alma. Que llegar no siempre significa estar bien. Y que muchas veces el aplauso dura menos que el silencio que viene después.
Las películas orientales no ofrecen recetas mágicas ni una felicidad ingenua. No prometen que todo será fácil. Lo que hacen es algo más incómodo: nos quitan la épica. Nos obligan a mirar lo cotidiano sin adornos, a aceptar que una vida puede ser valiosa incluso si nadie la aplaude. Que repetir, cuidar, hacer bien lo pequeño, también es una forma de excelencia.

Byung-Chul Han advierte que vivimos agotados no porque nos obliguen, sino porque creemos que debemos poder con todo. Jonathan Haidt recuerda que sin vínculos, sin equilibrio y sin sentido compartido, el éxito individual se queda corto. Juntos, y sin ponerse de acuerdo, parecen señalar lo mismo: que el problema no es el esfuerzo, sino el modelo bajo el cual lo hacemos.
Quizá no se trata de elegir entre Oriente y Occidente, entre ambición y contemplación, entre cima y camino. Tal vez se trata de aprender a reconocer cuándo estamos persiguiendo algo que nos nutre… y cuándo solo estamos huyendo del miedo a no ser suficientes.

Y si este texto sirve para algo, ojalá sea para eso: para darnos permiso —aunque sea por un momento— de bajarle el volumen al ruido, de dejar de preguntarnos qué tan lejos vamos a llegar, y empezar a preguntarnos algo más simple y más difícil a la vez: ¿cómo estamos viviendo mientras tanto?
Esto no lo escribo desde la teoría, sino desde la experiencia. En lo profesional, al menos en la mía, la línea entre lo que uno aspira a ser y lo que uno es se vuelve peligrosamente difusa. Empiezas a vivir más en la promesa que en la realidad, más en la proyección que en el presente. Y sin darte cuenta, te exiges como si ya hubieras llegado, aunque sigas en camino.

A mí me bastó que alguien me lo dijera sin dureza, pero con claridad: vas a llegar a ser un gran profesional, incluso una gran persona en lo que haces; pero hoy estás en la etapa del potencial. Y casi siempre lo estaremos. Porque crecer no es un evento, es una condición permanente. Estar en potencia no es un defecto: es una reserva de valor.
Lo difícil es aceptar esa etapa sin querer saltarla. Sin intentar vivir los frutos antes de sembrar. Sin gastar una línea de crédito emocional y profesional como si ya estuviera autorizada. Porque eso es lo que a veces hacemos: queremos saborear las mieles que aún no se han ganado, disfrutar reconocimientos que todavía no se han trabajado, cargar con expectativas que pesan más de lo que hoy podemos sostener.

Y ese adelanto —esa prisa por ser— no solo es injusto con el proceso, también es violento con uno mismo. Nos pone a competir desde un lugar falso, a exigir resultados sin haber terminado de construir las herramientas. Nos empuja a aparentar solidez cuando lo que toca es aprender, equivocarse, repetir.
Hoy entiendo que hay algo profundamente valioso en admitir que todavía no estás ahí. Que aún puedes agregar más, aprender más, crecer más. Que el verdadero trabajo no es fingir llegada, sino honrar el trayecto. Y que muchas veces, la persona que más necesitas no es la que te empuja a correr más rápido, sino la que te aterriza, te baja la ansiedad y te recuerda que el potencial también es una forma legítima de existir.

Tal vez de eso va todo este texto. De aprender a no adelantarnos a nosotros mismos. De dejar de confundir promesa con deuda. Y de entender que no hay nada de malo en estar construyendo, siempre y cuando no pretendamos vivir como si ya hubiéramos llegado.



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